La LOMLOE ha cambiado la forma de planificar el aula: ya no basta con acumular ejercicios, sino que hay que diseñar experiencias que ayuden a aprender, aplicar y demostrar lo aprendido. En esta guía explico cómo se organizan los tipos de actividades LOMLOE, qué papel cumplen dentro de una situación de aprendizaje y qué ideas funcionan mejor si quieres propuestas claras, creativas y útiles en el aula. También verás ejemplos prácticos pensados para contextos donde el dibujo, la observación y la expresión visual pueden aportar mucho valor.
Lo esencial para entender las actividades LOMLOE
- La LOMLOE no propone un listado cerrado de actividades, sino una lógica competencial centrada en situaciones de aprendizaje.
- Las secuencias más sólidas combinan motivación, activación, exploración, estructuración, aplicación y reflexión.
- Una buena actividad no solo ocupa tiempo: deja una evidencia que puede evaluarse con criterios claros.
- Los proyectos, los retos y las tareas contextualizadas funcionan mejor que las fichas aisladas cuando buscas transferencia real.
- En áreas creativas, las propuestas visuales ayudan a expresar lo aprendido de varias maneras y facilitan la inclusión.
Qué significa hablar de actividades en LOMLOE
Yo lo explico de una forma muy directa: en LOMLOE, una actividad no es un adorno de la programación, sino una pieza pensada para movilizar saberes básicos, conectar con las competencias específicas y dejar una evidencia observable. Ese cambio de mirada es importante porque rompe con la idea de “dar materia” a base de ejercicios sueltos y coloca en el centro lo que el alumnado hace con lo que aprende.
Además, aunque todavía se arrastran hábitos de la antigua LOMCE, el marco vigente en España trabaja con una lógica distinta: competencias clave, criterios de evaluación y situaciones de aprendizaje. En la práctica, eso significa que yo no diseño actividades para rellenar una sesión, sino para que el alumno avance desde lo que ya sabe hasta lo que puede transferir a una tarea real o verosímil. El currículo se vuelve mucho más útil cuando cada propuesta tiene un porqué y un para qué.
Por eso, antes de pensar en formatos, conviene entender la función de cada actividad dentro de la secuencia. Esa es la base que permite distinguir con claridad qué va al inicio, qué va al desarrollo y qué debe cerrar el aprendizaje de forma coherente.
Los tipos que más se repiten dentro de una secuencia
Si yo tuviera que ordenar una programación con lógica LOMLOE, empezaría por estas funciones. No son compartimentos estancos, pero ayudan mucho a que la secuencia tenga sentido y no quede como una suma de tareas sin conexión.
| Tipo de actividad | Para qué sirve | Ejemplo útil | Error frecuente |
|---|---|---|---|
| Motivación y activación | Despertar interés y recuperar conocimientos previos | Imagen detonante, pregunta reto, mini debate o lluvia de ideas | Plantearla como algo decorativo sin conexión con el resto |
| Exploración | Investigar, observar, comparar o formular hipótesis | Analizar ejemplos, probar materiales, buscar información guiada | Dar demasiadas pautas y quitar espacio a la curiosidad |
| Estructuración | Ordenar lo aprendido y darle forma conceptual | Esquema visual, mapa conceptual, rutina de pensamiento | Convertirla en una explicación larga sin participación real |
| Aplicación | Usar lo aprendido en una tarea nueva o más compleja | Resolver un problema, crear un cartel, escribir una respuesta argumentada | Quedarse en ejercicios mecánicos sin transferencia |
| Evaluación y metacognición | Comprobar qué se ha aprendido y cómo se ha aprendido | Rúbrica, autoevaluación, diana de aprendizaje, coevaluación | Reducirla a una calificación final sin reflexión |
| Refuerzo y ampliación | Ajustar el ritmo y atender distintos niveles | Material de apoyo, reto extra, tarea graduada | Pensar que solo sirve para “quien va mal” o para “quien va sobrado” |
Yo suelo combinar estas fases con bastante más naturalidad de la que parece en papel. La activación puede durar cinco minutos; la aplicación, una sesión completa; la evaluación, solo unos minutos finales si está bien pensada. Lo importante no es repartir el tiempo de forma simétrica, sino respetar la función de cada momento.
Y aquí aparece una idea clave: una secuencia sólida no se construye con una sola actividad brillante, sino con varias tareas pequeñas que se empujan unas a otras hasta llegar a una evidencia final. De ahí pasamos a los formatos competenciales que más sentido tienen hoy en el aula.
Actividades competenciales que dan sentido al aprendizaje
Cuando la propuesta quiere ir más allá de la repetición, yo recurro a formatos que obligan al alumnado a pensar, decidir y justificar. Eso es lo que más se parece al espíritu de LOMLOE: no memorizar por memorizar, sino usar lo aprendido para resolver algo concreto.
- Proyectos breves: sirven para conectar varias tareas alrededor de un producto final. Funcionan muy bien cuando quieres integrar contenidos de distintas áreas sin perder foco.
- Retos: colocan al alumnado ante un problema claro, con una meta comprensible. Son útiles porque activan la curiosidad y hacen visible el propósito de aprender.
- Estudio de casos: ayudan a analizar una situación realista, buscar evidencias y tomar decisiones. Son especialmente eficaces cuando quieres trabajar pensamiento crítico.
- Investigación guiada: permite aprender a buscar, seleccionar y organizar información con criterio. Yo la veo muy útil cuando el contenido exige contraste y no solo reproducción.
- Aprendizaje cooperativo: reparte responsabilidades y mejora la participación. Bien planteado, no es “trabajar en grupo” sin más, sino coordinar roles y metas compartidas.
- Producto final: puede ser un cartel, una maqueta, una exposición oral, una infografía, un cómic o una presentación. Lo importante no es el formato en sí, sino que evidencie aprendizaje real.
En este punto conviene ser honesto: no todas las tareas tienen que ser espectaculares. A veces un buen análisis de una imagen, una breve argumentación o una secuencia de bocetos dice mucho más que una propuesta muy vistosa pero vacía. La calidad está en el encaje entre reto, contenido y evidencia, no en la estética del envoltorio.
Ese matiz se ve especialmente bien cuando entran en juego actividades creativas o visuales, que además encajan muy bien con un portal centrado en dibujo y recursos imprimibles.

Ideas creativas y visuales que encajan muy bien en el aula
Cuando trabajo con áreas donde la expresión importa, yo aprovecho mucho las actividades visuales porque permiten observar, representar, revisar y comunicar al mismo tiempo. No sirven solo para Plástica; también funcionan en Lengua, Ciencias, Sociales, Tutoría o Educación en Valores.
Lo más interesante es que este tipo de propuestas no se quedan en “hacer algo bonito”. Bien orientadas, ayudan a pensar con imágenes, a organizar ideas y a justificar decisiones. Ese salto es muy LOMLOE, porque convierte el dibujo o la composición visual en una forma de demostrar aprendizaje.
- Dictado visual: el docente describe una escena y el alumnado la interpreta con un dibujo. Es muy útil para trabajar atención, comprensión y selección de información relevante.
- Cómic o storyboard: perfecto para secuenciar procesos, narrar hechos o explicar una situación paso a paso. Obliga a ordenar ideas y a sintetizar.
- Mural colaborativo: sirve para recoger conceptos, conclusiones o preguntas de una unidad. Funciona muy bien cuando quieres una producción común con aportaciones distintas.
- Diario gráfico: combina observación, reflexión y expresión personal. Yo lo recomiendo cuando quieres recoger proceso, no solo resultado.
- Galería comentada: cada grupo expone su trabajo y el resto deja comentarios. Es una forma sencilla de introducir coevaluación sin complicarla demasiado.
- Infografía a mano: obliga a resumir, jerarquizar y explicar visualmente. Es un formato excelente para revisar si el alumnado realmente entendió el contenido.
Si aplicas DUA (Diseño Universal para el Aprendizaje), estas actividades ganan todavía más valor, porque ofreces distintas formas de acceder a la información, participar en la tarea y expresar lo aprendido. En la práctica, eso reduce barreras y te da más margen para atender ritmos diferentes sin convertir la clase en una sucesión de adaptaciones improvisadas.
Con estas ideas sobre la mesa, la pregunta práctica es muy simple: cómo elegir la actividad correcta en cada caso sin disparar a ciegas.
Cómo elijo yo la actividad adecuada en cada situación
Yo no empiezo por el formato, sino por la intención. Si sé qué quiero conseguir, la actividad adecuada aparece mucho más rápido. Cuando lo hago al revés, suelo acabar con tareas vistosas pero poco precisas.
- Defino la evidencia: me pregunto qué quiero que el alumnado pueda mostrar al final. Si no puedo describirlo en una frase, todavía no tengo una actividad bien cerrada.
- Localizo el punto de partida: reviso qué sabe ya el grupo, qué errores son previsibles y qué apoyos necesitará. Esto evita repetir contenidos que ya dominan o saltar demasiado rápido.
- Elijo el nivel de complejidad: no es lo mismo una tarea de observación que una de transferencia. En general, yo subo la dificultad de forma gradual, no de golpe.
- Decido el modo de trabajo: individual, pareja, pequeño grupo o gran grupo. La elección no debería ser automática; depende de si busco autonomía, contraste o cooperación.
- Compruebo la viabilidad: miro tiempo real, materiales, espacio y apoyos. Una actividad muy buena sobre el papel puede hundirse si no cabe en la clase real.
Esta lógica me ayuda a mantener el foco en lo importante: la actividad tiene que servir al aprendizaje, no al revés. Cuando eso está claro, los errores más típicos se vuelven mucho más fáciles de detectar.
Los errores que más veo al programar actividades
Hay fallos que se repiten tanto que casi parecen parte del guion. Yo intento detectarlos pronto porque luego cuestan tiempo, energía y coherencia pedagógica.
- Confundir actividad con ejercicio: un ejercicio puede ser útil, pero no siempre moviliza competencia. Si todo son fichas o respuestas mecánicas, la propuesta se queda corta.
- Acumular tareas sin secuencia: cuando las actividades no se relacionan entre sí, el alumnado no entiende hacia dónde va la unidad.
- No vincular la actividad con el criterio de evaluación: si no sabes qué vas a observar, la tarea pierde fuerza y la evaluación se vuelve difusa.
- Dejar el producto final como mero adorno: un mural o una presentación pueden quedar muy bien, pero si no exigen pensamiento, no aportan demasiado.
- No prever apoyos y alternativas: hay que pensar en distintos ritmos, distintos niveles de autonomía y distintas formas de expresión desde el principio.
- Depender demasiado de una herramienta digital: la tecnología puede ayudar mucho, pero no sustituye una buena secuencia didáctica.
La regla práctica que yo sigo es sencilla: si una actividad no mejora claramente el aprendizaje, sobra o necesita otro encaje. Esa depuración hace que la programación gane en limpieza y también en credibilidad.
La última comprobación, antes de llevar la propuesta al aula, es la que de verdad marca la diferencia entre una secuencia correcta y una secuencia convincente.
La revisión final que yo haría antes de llevarla al aula
Antes de cerrar una situación de aprendizaje, yo me hago estas preguntas y no paso página hasta poder responderlas con claridad.
- ¿El reto se entiende sin demasiada explicación?
- ¿Cada actividad aporta algo distinto al aprendizaje?
- ¿Hay al menos una tarea de exploración y otra de aplicación?
- ¿La evaluación observa proceso y producto, no solo resultado final?
- ¿La propuesta admite ajustes sin rehacerla por completo?
Si la respuesta es sí, la secuencia está bastante bien armada. Si no, casi siempre merece la pena simplificar, reenfocar o añadir una tarea intermedia que dé más sentido a la progresión.
Yo me quedo con una idea muy concreta: en LOMLOE, una buena actividad no es la que más ocupa, sino la que mejor conecta objetivo, proceso y evidencia. Cuando eso ocurre, la clase deja de ser una suma de ejercicios y se convierte en una propuesta coherente, visible y realmente útil para aprender.